Niños maestros

Niños maestros

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Si no lo hicimos hoy, muy seguramente hace poco salió de nuestra boca alguna queja sobre el trabajo, el estudio o lo difícil que es hacer ambas cosas a la vez.

Entrada la tarde, hora en que el sol comienza a debilitarse, entre campanas de carretas de helados, vendedoras ambulantes y ancianos disfrutando del ocio en el parque central de La Antigua Guatemala, las risas y gritos de un trío de niños, supongo entre diez u once años, capturaron mi atención y no pude evitar viajar un poco a los años de infancia. Me senté a observar. Jugaban fútbol con una de esas pequeñas pelotas que venden en los mercados de artesanías.

Fue gol, dice uno de ellos. No, no viste que la paré pues, contesta el otro. -Sí, pero pasó la línea.
-¿Qué línea?, ¡aquí no hay línea, pajero! -La del suelo, mirá -Cómo sos de chucho… Y la discusión siguió.

Mientras ellos discutían, vagué un poco con la mirada y en la banca más cercana habían tres cajas de lustre. No podían ser de nadie más, los tres niños eran lustradores.

La discusión del gol ilícito no había terminado. Me acerqué y les dije: Qué pasó muchá, ¿cuánto por el lustre? -Tres, me respondió uno de ellos. -Dale pues, no se pueden lustrar, pero aunque sea limpiámelos. -Vaya jefe, siéntese. -¿Cómo te llamás? -David. -¿Y vas a la escuela? -Sí. -¿Estás de vacaciones ahorita? -Cabal, el lunes voy a entrar otra vez. -Está bien, ¿y tus papás? -Trabajando.
-¿También de lo mismo? -No, ellos venden helados, allá están ve. Señaló. -Ah bueno, ¿y te gusta trabajar? -Sí, cuando estoy en la escuela trabajo sábado, domingo y lunes en la tarde, mis hermanos y yo nos turnamos y así vamos saliendo. -¿Saliendo de qué chulo? -De la escuela, hay tareas en las que se gasta dinero. -Qué bueno papaito, sería bueno que solo estudiaras. -Sí, pero mis papás no pueden solos y si nosotros no trabajamos no podríamos ir a la escuela los tres.

Comenzó cortante. Poco a poco fue extendiendo sus frases a más de una o dos palabras. No predomina en él una actitud de «trabajo porque no queda de otra, aunque no me guste», predomina en él una actitud que, si fuese factor común en todos los guatemaltecos, marcaría la diferencia en comunidades, ciudades y en el país entero. Hacer todo con el propósito de superación, de transformar situaciones no favorables. Queremos ganar mucho y trabajar poco, que el maná caiga del cielo sin hacer planes, trazar metas, agregar esfuerzo y millas extras.

Me siento con la obligación de aprender e imitar aunque sea un poco de la actitud de estos niños. A partir de esta experiencia no concibo como lógicas las quejas de un millenial que trabaja y estudia al mismo tiempo para pagar sus propios estudios universitarios. Hay que dejar de ignorar que formamos parte de la población privilegiada, la escolaridad en Guatemala tiene un promedio aproximado de cuarto primaria. Conocer esa realidad debería de ser razón suficiente para que, si somos estudiantes que trabajan, dejemos de quejarnos por ello o dejemos de desear tener padres millonarios que pudieran pagárnoslo todo. Guatemala necesita más jóvenes como esos niños.